Economía Solidaria y producción de conocimiento desde las tramas afectivas de la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria (CNES) en Uruguay

Anabel Rieiro, Sofía Latorre y Camila Ferro

Otra Economía, vol. 15, n. 27: 49-64, enero- junio 2022. ISSN 1851-4715

 



 

Economía Solidaria y producción de conocimiento desde las tramas afectivas de la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria (CNES) en Uruguay

 

Economia Solidária e a produção de conhecimento a partir das redes afetivas do Coordenador Nacional de Economia Solidária (CNES) no Uruguai

 

Solidarity Economy and production of knowledge from the affective networks of the National Coordinator of Solidarity Economy (CNES) in Uruguay

 

Anabel Rieiro[*]

anabel.rieiro@cienciassociales.edu.uy

 

Sofía Latorre**

sofialatorre12@gmail.com

 

Camila Ferro**

camif197@gmail.com

 

 

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Resumen: El artículo es un aporte reflexivo al campo académico y a la producción de conocimiento a partir del trabajo conjunto con una organización emblemática de la economía solidaria en Uruguay: la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria (CNES). Para ello, se retoma un proceso dialógico de investigación-acción desarrollado durante 2019-2020, que terminó en la escritura colaborativa de la historia colectiva de la organización. Las técnicas a través de las cuales se recolectaron los datos consistieron en: 24 entrevistas semiestructuradas, observaciones participativas en distintos espacios de la Coordinadora y sistematización de distintas fuentes secundarias. Los hallazgos muestran que la Coordinadora ―a lo largo de su historia― ha albergado distintas formas de hacer y sentir de trabajadores/as artesanos/as de la economía solidaria, quienes han encontrado en ella un espacio de encuentro desde donde conocerse/reconocerse, hacerse mayormente visibles fortaleciendo relaciones sociales y redes locales, a partir de prácticas basadas en el cuidado comunitario. La experiencia de afectividad cotidiana que acompañó el objetivo de crear conocimiento sobre ―y junto con― la CNES nos permitió presentar algunos nudos problemáticos como claves reflexivas acerca de la formación, los modos de investigar y la forma en que, como universitarias, nos relacionamos con el medio.

Palabras clave: economía solidaria, reflexividad académica, Uruguay

 

Resumo: O artigo é uma contribuição reflexiva ao campo acadêmico e à produção de conhecimento a partir do trabalho conjunto com uma organização emblemática da economia solidária no Uruguai: a Coordenadora Nacional de Economia Solidária. Para isso, é retomado um processo dialógico de investigação-ação desenvolvido durante 2019-2020, que culminou em uma escrita colaborativa sobre a história coletiva da organização. As técnicas de coleta de dados consistiram em: vinte e quatro entrevistas semiestruturadas, observações participativas em diferentes espaços da coordenadora e sistematização de diferentes fontes secundárias. As evidências mostram que a Coordinadora - ao longo de sua história - abrigou diferentes formas de fazer e sentir os artesãos da economia solidária, que nela encontraram um espaço de encontro para se conhecer / se reconhecer, se tornar mais visível pelo fortalecimento das relações sociais e das redes locais, a partir de práticas baseadas no cuidado comunitário. A vivência da afetividade cotidiana que acompanhou o objetivo de criar conhecimento sobre - e junto com - o CNES, permitiu-nos apresentar alguns nós problemáticos como chaves reflexivas sobre a formação, os modos de pesquisar e o modo como os universitários nos relacionamos com o meio.

Palavras-chave: economia solidária, Uruguai, reflexividade acadêmica

 

Abstract: The article is a reflective contribution to the academic field and the production of knowledge from joint work with an emblematic organization of the solidarity economy in Uruguay: the National Coordinator of Solidarity Economy. In this sense, a dialogic action-research process developed during 2019-2020 which ended in collaborative writing on the collective history of the organization is retaken. The techniques used to collect the data, consisted of: twenty-four semi-structured interviews, participatory observations in different spaces of the coordinator and systematization of different secondary sources. The results show that the Coordinadora - throughout its history - has hosted different ways of doing and feeling of artisan workers of the solidarity economy, who have found in it a meeting space from where to meet / recognize themselves, become more visible by strengthening social relationships and local networks, based on practices grounded on community care. The experience of daily affectivity that accompanied the objective of creating knowledge about -and together with- the CNES, allowed us to present some reflective keys about educational process, the ways of doing research and the way in which the university relates to the rest of the society.

Keywords: solidarity economy, academic reflexivity, Uruguay

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Introducción

 

El objetivo principal del artículo es reflexionar sobre los desafíos relacionados con la creación de conocimiento en el ámbito académico ―tanto en el plano teórico, metodológico, epistemológico, como afectivo― al trabajar junto con tramas de la economía solidaria como es el caso de la CNES en Uruguay. La CNES es una organización integrada por artesanas, productoras y emprendedoras organizadas desde distintos nodos territoriales en varios departamentos del país, los que a su vez convergen en una coordinación general. Su objetivo es desplegar distintas acciones y estrategias para impulsar, promocionar y difundir la economía solidaria. Luego de su consolidación en 2008 la Coordinadora ha participado de varios intercambios nacionales, regionales e internacionales, conformando así numerosas redes de la Economía Social y Solidaria (ESS) latinoamericanas.

El contexto institucional que posibilita el siguiente análisis surgió de la vinculación desarrollada desde 2013 entre universitarios/as y la CNES, a partir del Centro de Formación y Documentación en Procesos Autogestionarios en general[2] y de la experiencia particular de dos pasantías estudiantiles ―llevadas a cabo entre agosto del 2019 y marzo 2020― con las que se acordó un plan de trabajo entre el Departamento de Sociología (UdelaR) y la CNES. Las autoras del artículo participaron como docente orientadora y pasantes de egreso en la Licenciatura de Sociología.

En cuanto a la “construcción de la demanda” (Rodríguez et al., 2001), el pedido inicial surgió de la CNES, quien propuso un marco de colaboración para escribir en conjunto su historia, en un libro que diera cuenta de sus memorias, sus prácticas y sus creencias cotidianas. La demanda construida se fue trabajando sobre la idea de escribir un libro no “sobre ellas/os” sino “desde ellas/os mismas/os” con nosotras. El libro era visto como una herramienta que les permitiría mayor visibilidad, a la vez que generaría un contexto reflexivo desde el cual comprenderse y repensarse.

Pronto nos dimos cuenta de que el objetivo acordado sobre: sistematizar las principales dimensiones en torno a las cuales se orienta la praxis de la CNES, desde la co-escritura del libro institucional de la organización; además de exigente iba a cuestionar nuestra propia formación como sociólogas y universitarias. La co-escritura necesitó un diseño de investigación basado en metodologías colaborativas (Corona y Kaltmeier, 2012), permitiéndonos atravesar procesos de autoreflexividad sobre nuestras prácticas universitarias y las concepciones más clásicas de “neutralidad axiológica”, como paradigma epistémico dominante en dicho ámbito.

Así, la metodología utilizada se basó en un proceso de investigación-acción (Fals Borda, 2014; Ander-Egg, 2003; Freire, [1970] 2000; Rebellato, 1989) dentro del cual se fueron acordando, entre universitarias y la CNES, objetivos en común y estrategias metodológicas. En este sentido, tanto el diseño de la investigación, como el campo y el análisis conformaron etapas dialógicas en donde se daba el intercambio de saberes y no la mera extracción de datos.

Para la recolección de datos se utilizaron varias técnicas. Una de las principales fue la entrevista semiestructurada (Alonso, 1995). En total se realizaron 24 entrevistas semiestructuradas a personas y colectivos provenientes de 7 departamentos del país: dos referentes de instituciones de apoyo (Unidad de Estudios Cooperativos e Instituto Kolping), 16 referentes de las redes territoriales de la organización (algunos integrantes de los Ejecutivos y Mesas nacionales, y otros históricos de la organización), 6 referentes de colectivos que forman parte de la Coordinadora (Colectivo Abriendo Puertas, Colectivo Resistiré, Colectivo Choñik, Colectivo de Mujeres Afrouruguayas, Mercado de los Artesanos y Tienda EcoSol). Se incluyeron también ―en el libro y para los informes individuales de las estudiantes― relatos escritos por referentes de las instituciones Comercio Justo, Instituto de Promoción Económica social del Uruguay (IPRU) y la Comunidad Nordan. Por otro lado, las entrevistas fueron complementadas con observación participante (Alcañiz, Carrero y Snaz, 2019) lo que resultó clave en la construcción del vínculo entre las investigadoras y la Coordinadora. La observación-participación se llevó a cabo en las reuniones quincenales de la red de Montevideo, instancias de Mesa Nacional, reunión del Ejecutivo, ferias, encuentros, armado de talleres e integración a los espacios virtuales de la organización. Además, se sistematizaron distintas fuentes secundarias de datos retomando documentos históricos, actas, infografía, registros documentales, audiovisuales y fotográficos.

 

Contextualización: Una larga historia de apoyo mutuo en Uruguay

 

Para contextualizar el análisis se presentarán pinceladas de una larga historia de apoyo mutuo en Uruguay (Rieiro, 2021), que nos permitirán retomar la CNES como un sujeto histórico, situado, emergente en un contexto específico, en continuo proceso y dinámica.

En nuestro país han existido desde principios de su historia colonial, varias iniciativas de apoyo mutuo. Las primeras experiencias ―según autores como Errandonea y Supervielle (1992) ― son desarrolladas por emigrantes españoles e italianos sindicalistas, socialistas, católicos y anarquistas, que inspirados en Rochdale (Inglaterra, 1844) o en las ideas/experiencias anarco-sindicalistas europeas, buscaron cómo dar respuesta a sus necesidades de manera colectiva, a través de proyectos autogestionarios y de ayuda mutua. Así, se fundaron ―según Bertullo, Isola, Castro y Silvera (2004)― las primeras sociedades de socorro mutuo, cooperativas de consumo, cooperativas de trabajo y cajas de auxilio, a finales del siglo XIX. Algunas décadas más tarde, Juan Pablo Terra ([1986] 2015) analiza cómo comenzaron las iniciativas legislativas, que se concretaron recién a mediados de 1930 (luego de la crisis económica de 1929).

A mediados del siglo XX, tras el deterioro de las relaciones de intercambio del comercio y la crisis de un modelo de desarrollo modernista/occidentalista que termina de cristalizarse con la derrota electoral del batllismo en 1958, se pone en jaque lo que venía conformándose como un país “de cercanías”, un país “algo provinciano, autocomplaciente y por lo general adverso a disputas polarizadoras” (Caetano, 2019: 22). En cuanto a las políticas públicas dirigidas hacia el cooperativismo, mientras que en la primera parte del siglo habrían sido marginales y en general funcionales a la expansión del Estado, en la década del sesenta se constata una mayor funcionalidad en la legislación al proceso de liberalización económica y a la inserción de las cooperativas al mercado (Martí, 2019). En este período, el nuevo impulso en la legislación sobre economía social y solidaria se da por modalidades cooperativas.

En medio de la polarización política, el estancamiento económico y el declive de la industrialización, comienzan a generarse tramas sectoriales de cooperativas que, muchas veces con apoyo de distintas entidades, construyen organizaciones de segundo grado. Es también en esta década donde comienzan algunas experiencias de cooperativas de vivienda y se expanden a partir de la Ley Nacional de Viviendas (1969), conformándose el mismo año la Federación Nacional de Cooperativas de Vivienda (FENACOVI) y un año más tarde la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM), actor político históricamente clave para el sector.

La dictadura cívicomilitar atravesada en Uruguay desde 1973 a 1985 desacelera el crecimiento que venía dándose en el sector cooperativo, desarticulando sobre todo su vida gremial. En cuanto a la legislación dirigida al sector, esta fue focalizada al sector de cooperativas rurales y sociedades de fomento rural.

En la restauración democrática, a nivel del cooperativismo se participó en la denominada “primavera democrática” a finales de 1984, destacándose la experiencia de la Concertación Nacional Programática (CONAPRO). El movimiento cooperativista comienza a consolidarse en entidades de tercer grado como en la Mesa Nacional Intercooperativa y más tarde en la Confederación Uruguaya de Entidades Cooperativas (CUDECOOP) fundada en 1988. Comienza una nueva etapa de consolidación amortiguada, en donde el cooperativismo va adquiriendo mayor coordinación, presencia pública e inserción en redes internacionales, con una influencia aún débil en las políticas públicas.

Durante los años noventa ―caracterizados por las reformas de primera y segunda generación― los avances legislativos para el sector cooperativo fueron acotados y referidos básicamente al registro y al control (Martí, 2019).

La profunda crisis socioeconómica vivida en el 2002 azotó fuertemente al sistema económico y social, aunque en Uruguay (a diferencia de Argentina) no desestabilizó el sistema político. La crisis cristalizó cierto descreimiento generalizado de las promesas de crecimiento económico bajo el sistema neoliberal. Además de los movimientos y organizaciones sociales clásicas, con la crisis y al calor de los Foros Sociales Mundiales, se crean redes de microorganizaciones que activan nuevas prácticas en búsqueda de la sobrevivencia. Quizás una de las emergencias más notorias en este contexto hayan sido las experiencias de economía solidaria que confluyen luego en la CNES; también las empresas recuperadas, las ferias de trueque, comedores barriales y huertas comunitarias. Experiencias a las cuales se sumaron otras redes que desde hace tiempo venían conformándose fuera de los formatos cooperativistas pero en sintonía con sus principios, como ser la Red de Grupos de Mujeres Rurales (ver Weisz, Tommasino y González, 2021), la Red de Semillas Criollas y Nativas, la Red de Agroecología del Uruguay, entre otras.

Durante los 15 años de gobiernos “progresistas”, el Frente Amplio concretó un proceso continuado y acumulativo de cambios, en materia legislativa, hacia la economía social y solidaria. Estos cambios, según Guerra (2019), comenzaron priorizando al cooperativismo y continuaron incorporando otros actores en el plano de la economía social, de la economía solidaria y de la economía autogestionada por sus trabajadores/as. Entre los más destacados pueden incluirse la Ley General sobre Cooperativismo (2008), la Ley de Cooperativas sociales (2006), el Fondo de Desarrollo- FONDES (2011-decreto, 2015-ley), entre otros.

Para dar una idea sintética sobre el panorama contemporáneo de la ESS en Uruguay, se puede ordenar desde tres subcampos: economía social, economía solidaria y economía comunitaria, distinguidos por contextos de emergencia que pueden ser tomados como hitos o inflexiones: la crisis socioeconómica del 2002 y la crisis provocada por la pandemia del COVID-19 (2020). La distinción según el período histórico no pretende construir una temporalidad lineal desde donde caracterizar y homogeneizar el campo estudiado, sino situar la diversidad de formas asociativas singulares en contextos de disputa concretos, que nos ayude a comprender la heterogeneidad de formas que existen, coexisten y se reelaboran en el presente.

En cuanto a la economía social, podemos definirla como el sector histórico mayormente institucionalizado, conformado centralmente por las entidades cooperativas y que cuenta con un siglo de desarrollo en nuestro país. Según los registros del Instituto Nacional del Cooperativismo (INACOOP) (2020) y del Instituto Nacional de Estadística (INE) (2010) el sector cooperativo se triplicó en diez años, pasando de 1.117 cooperativas registradas en el año 2008 a 3.653 en el 2018. En total se calcula cerca de un millón de personas que hacen parte de las distintas modalidades cooperativas, lo que significa un tercio de la población del país.

Por otro lado, respecto a la economía solidaria, —al ardor de la crisis socioeconómica y la consigna del Foro Social Mundial sobre ‘Otro Mundo Posible’ a principios del siglo—, encontramos en Uruguay diferentes organizaciones asociativas y redes democráticas que adoptan formas jurídicas distintas al cooperativismo. Así, según el primer mapeo de economía solidaria llevado a cabo en Uruguay (Torrelli et al., 2016) aparecen —luego del 2002— organizaciones colectivas con una nueva impronta a nivel nacional como ser: la CNES, la Red de Agroecología del Uruguay (RAU), la Red de Semillas Criollas y Nativas, la Asociación Nacional de Empresas Recuperadas por sus Trabajadores (ANERT), las redes de mujeres rurales, etc. La economía solidaria encuentra aspectos distintivos con la economía social, reivindicando con renovadas fuerzas la lucha por la transformación social. Sin embargo, como es sabido, es conveniente matizar las distinciones rígidas ya que en ambos campos encontramos experiencias diversas y heterogéneas.

Por último, encontramos a partir de 2020 una nueva oleada de solidaridad económica que caracterizamos como economía comunitaria, resaltando su fuerte impronta territorializada y vecinal.[3] El fenómeno es aún muy reciente para poder dar cuenta de él a nivel global, pero como ejemplo podemos hablar de la emergencia de al menos setecientas ollas y merenderos populares (Rieiro et al., 2021) además de cientos de iniciativas como las huertas comunitarias, entre otras.

Desde este panorama global, la CNES puede comprenderse como un espacio de articulación, diálogo y coordinación entre actores, que nace junto a otras experiencias de la economía solidaria. Con el objetivo explícito de promover y favorecer la economía solidaria, la generación de agendas comunes, la comercialización conjunta y la educación de sus valores, comienzan a conjugarse colectivos, movimientos, organizaciones de la sociedad civil y emprendimientos que en el 2002 crean un espacio de encuentro. Según Latorre y Ferro (2021:12):

 

(…) actores colectivos claves en dicho contexto, fueron: emprendimientos del departamento de Canelones (que posteriormente consolidarán el Consejo Canario), colectivos y emprendimientos de Montevideo, que luego conformarán la Red de Economía Solidaria de Montevideo, otros emprendimientos asociativos, espacios académicos y organizaciones de la sociedad civil tales como Cáritas y Retos al Sur, Comercio Justo, Kolping, Emaús, Ipru, entre otras.

 

Desde el Espacio de Economía Solidaria se organizaron anualmente las Ferias de Economía Solidaria, y seis años después (en 2008) se consolidó la Coordinadora. Según las mismas autoras, algunas de las organizaciones que la conforman son: organizaciones y redes departamentales (Consejo Canario de Economía Solidaria, Espacio de Economía Solidaria de Maldonado, Mesa de Economía Solidaria de Paysandú, Redes de Economía Solidaria de Montevideo, Durazno, Rocha, Tacuarembó y Artigas), Organizaciones de la Economía Solidaria (Asociación Uruguaya de Emprendimientos de Economía Solidaria, Tienda EcoSol, Ecotienda, Comercio Justo Uruguay y Espacio de Economía Solidaria, CUI) y organizaciones de la sociedad civil e instituciones de apoyo (la Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay, Asociación Civil Retos al Sur, Instituto Kolping, Universidad de la República - Unidad de estudios cooperativos, Pastoral Social - Diócesis de Maldonado).

Una vez introducidos los objetivos, la metodología, la contextualización general nacional y la presentación de la CNES en particular, pasaremos en los siguientes apartados a analizar las tramas relacionales que se generan en dicha experiencia, protagonizada en su mayoría por mujeres adultas, y los múltiples desafíos que se nos han planteado como participantes del campo académico.

 

Economía solidaria, tramas afectivas y conocimiento para la sostenibilidad de la vida

El cuidado comunitario y la sostenibilidad de la vida

 

Dispuestos sobre la mesa de un encuentro de la Red de Montevideo de la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria, en el año 2019, nos encontramos con dos centros de mesa tejidos a mano. Su creadora era la misma persona que ese día presidiría el encuentro, también encargada de redistribuir la palabra, presentar a los nuevos y abordar el orden del día. La consigna era la siguiente: a quien le gustara el centro de mesa podría llevárselo, y sería quien presidiera el próximo encuentro, pero debía llevar otra artesanía de elaboración propia como centro de mesa. Esta consigna se fundamenta en la idea “de aprender a tener la palabra” (en palabras de integrantes de la Coordinadora) a partir del hacer cotidiano de la participación.

Observamos así cómo desde estas prácticas pequeñas y cotidianas se jerarquiza el cuidado, la atención y principalmente la escucha, hacia las y los demás participantes de la mesa. En este sentido, podríamos retomar las palabras de Gutiérrez, Sosa y Reyes (2018) para explicar cómo desde el cuidado y la exploración de modos de relacionamiento no codificados ni fijados desde el orden simbólico patriarcal y jerarquizante, va desarrollándose un saber organizacional que trabaja en su creación, rotación y redistribución.

Esta micropráctica descrita es una de las tantas que forman parte de la base interpersonal que sostiene las acciones y el proyecto político de la Coordinadora, y que resultan indispensables para comprender su dinámica organizativa. La base interpersonal es el resultado de prácticas que tienen como fin el cuidado de la persona. La categoría “cuidado” no se encuentra vinculada, para las/os integrantes, únicamente al trabajo doméstico y de cuidados de niños, niñas y personas en situación de dependencia, sino que se construye colectivamente desde una perspectiva integral. Conforman también esta categoría las redes afectivas entre las/os integrantes de la organización, la colectivización del cuidado de terceros, el cuidado de la salud ―vinculado estrechamente a la noción de soberanía alimentaria―, el cuidado del medio ambiente y de las diversidades culturales.

El cuidado recíproco entre participantes, en particular, resulta la condición necesaria para el desenvolvimiento de las restantes tareas, resaltando la importancia de la interdependencia. En especial, la dimensión afectiva es crucial para sostener la presencia de las personas en los espacios de intercambio, comercialización y convivencia, y es la base de la confianza y la solidaridad, aspectos cruciales en el sostenimiento de la dimensión económica. Ésta última se manifiesta fundamentalmente en prácticas tales como las del “fondo común”, o la colectivización de los gastos de transporte y de comercialización, y son herramientas fundamentales para desarrollar el compromiso y la pertenencia a dichos espacios. El abanico de prácticas forma parte de esa producción “de lo común como proyecto” (Osorio Cabrera et al., 2019), que sostiene el propio funcionamiento de la organización.

En este sentido, la praxis política de la CNES adquiere una comprensión especial al vincularla con el concepto de Sostenibilidad de la Vida (SDV). Dicha noción se encuentra íntimamente ligada con la constatación de la crisis de reproducción de la vida que han delineado ciertas autoras (Carrasco, 2017; Federici, 2018; Pérez-Orozco, 2019) y que Carrasco (2017) representa a través del conflicto entre la sostenibilidad de la vida y las lógicas de acumulación de capital. El enfoque de la SDV pone eje en la centralidad de la construcción de una vida vivible (Carrasco, 2017), que no tiene al mercado como centro de la estructuración social, y que cuestiona los límites que se imponen en el pensamiento teórico sobre las esferas productivas y reproductivas, cuestionando de esa manera el ideal de autosuficiencia (Pérez-Orozco, 2019).

Entendida entonces como “una propuesta de organización social que pone la vida en el centro; que reconoce todas las necesidades, las materiales, pero también las vinculadas al afecto y la participación social” (Osorio Cabrera et al., 2019: 25), se pone de relevancia la politicidad de las prácticas desarrolladas por la CNES, en tanto se comprende cómo la centralidad del cuidado permite desarrollar prácticas de impugnación a la primacía de las lógicas que estructuran la tensión capital-vida. Resquebraja, en ese sentido, la concepción individual de las estrategias de cuidado, tanto en su deriva familiar como mercantil, y coloca como elemento indispensable la interdependencia de toda vida humana, reconociendo que el sostenimiento diario, tanto reproductivo como productivo, depende, en mayor o menor medida, de redes, vínculos y espacios en los que se cuida (Solís y Buján, 2017).

Este vínculo entre las dinámicas de la CNES y la SDV nos permite resignificar las implicancias que supone la mayoría que representan los colectivos integrados por mujeres en la organización. Estos colectivos nacen, por un lado, como resistencia a la precariedad económica impuesta por el contexto de crisis socioeconómica, pero, por otro lado, también nacen por el deseo de generar espacios de formación y comercialización por y para mujeres, desde donde ir construyendo autonomía. Los productos elaborados se encontraban, y se encuentran aún hoy, asociados estrechamente a los saberes vinculados al trabajo doméstico transmitido intergeneracionalmente, lo cual incide en forma notoria en las características de la organización.[4] Tomamos una cita de una de las integrantes de la CNES que arroja luz sobre este proceso:

 

La mujer también culturalmente, cosa que por suerte estamos tratando de romper, se ve mucho más   atada a un montón de cosas. Tener que estar en tu casa, con tus hijos, etcétera. Y bueno, ¿qué es lo que puedo hacer yo desde acá? Puedo tejer, puedo hacer mermeladas, puedo hacer velas.

 

Estos espacios “entre mujeres” se constituyen como intercambios que llevan consigo las memorias y saberes de mujeres que han sido socializadas para sostener la vida. La potencia transformadora de estos espacios se manifiesta en su importancia para la consolidación de espacios colectivos orientados a la producción de lo común, en donde son revalorizadas las relaciones de cuidado afectivo-emocional como un aspecto fundamental en el proceso de creación de nuevas maneras de organizar la vida.

Esta economía centrada en los cuidados también presenta sus nudos de problematización insoslayables, en tanto la relación de cuidado se encuentra configurada y mediada a partir del género, y por lo tanto también por el imperativo moral que hace recaer en las mujeres estas tareas y responsabilidades (Pérez-Orozco, 2019). Es necesario recordar que “lo grupal se estructura sobre la base del interjuego de asunción y adjudicación de roles que puede tener mayor o menor grado de formalización y prescripción” (Weisz, 2018: 94). Estas tareas reproductivas de la organización, que tienen a cargo “la vida de otras personas” (Osorio Cabrera et al., 2019), pueden llevar a la intensificación del cansancio y la sobrecarga (Weisz, 2018) de quienes las llevan adelante, en tanto se configuran como una tarea sin descanso.

Resulta allí fundamental el trabajo de la Coordinadora en la “deconstrucción del poder” a través de la rotación de funciones y desjerarquización de la palabra. Es así que, en las entrevistas a los colectivos, o a mujeres que integraban colectivos dentro de la economía solidaria, emergía el conflicto de la conciliación entre las diversas tareas diarias, así como las formas de intervenir en él propiciadas por los espacios de diálogos colectivos. Retomando a Menéndez (2019: 142), “el nuestro es también un problema de libertad, la posibilidad misma de disponer de nosotras mismas. En este sentido, Lagarde (1997) sostiene que decidir sobre nosotras mismas y sobre el mundo es un tabú, y que nuestra subjetividad femenina está signada por el ser para otros. (...)”. Cobra relevancia, en este sentido, el fortalecimiento de la disposición sobre sí que trae consigo, para las integrantes de la CNES, la construcción de redes afectivas de cuidado colectivo, y que ellas narran desde la noción de empoderamiento. Esto se viabiliza fundamentalmente a través del apoyo mutuo propiciado desde las dinámicas entre mujeres.

También se vuelve significativa la concepción del cuidado como un proceso formativo, especialmente como resultado de la experiencia pedagógica de las dinámicas producidas por los encuentros, desencializando el rol de “cuidadoras” atribuido a las mujeres. Ese cuidado recíproco “se aprende” y se construye como un nuevo elemento del hacer y del ser. Se vuelve una formación por la cual también nosotras transitamos, como académicas, en el correr de la pasantía: “(...) una politicidad comunitaria que se aprende y se cultiva cotidianamente a través de actividades realizadas, individual y colectivamente, de manera reiterada y continua, al interior de las múltiples tramas de reproducción de la vida” (Gutiérrez, 2018: 55).

 

Desafíos para la academia- Deconstrucción desde la política afectiva

 

El proceso de elaboración del libro, cuyo cometido principal fue recabar la memoria colectiva sobre las prácticas y saberes involucrados en las dinámicas de la organización, así como los significados atribuidos a las experiencias presentes y a los proyectos futuros, implicó un diseño de construcción de conocimiento singular en el que la coproducción, la reflexividad dialogal y la coescritura como herramienta tuvieron un rol ineludible. Dichos desafíos trajeron consigo una profunda reflexión conjunta sobre los supuestos epistémicos, las consideraciones éticas y las herramientas metodológicas a desplegar en el proceso de investigación y escritura, cuyas decisiones emergentes implicaron, desde el comienzo, la construcción de un encuentro.

En efecto, la forma en la cual este proceso de construcción de conocimientos fue desarrollado y las dimensiones que se entendieron relevantes en la recopilación de información fueron definidas en conjunto con la organización. De este diálogo emergió un proceso de coproducción y coescritura cuyo encuadre, como un diálogo de reflexividades (Haraway, 1995) situadas y diversas, no fue azaroso: atendió a la propia orientación de la organización, centrado en la iniciativa de la misma para generar insumos que aportaran a su consolidación interna y permitieran ganar visibilidad hacia el exterior.

Aún en una etapa preliminar del proyecto, en los primeros intercambios que daban lugar a definiciones iniciales, las integrantes de la Coordinadora referenciaban una ajenidad en su relación con la producción académica, así como con los espacios de formación y las experiencias de extensión universitaria: se realizan en contextos que les son ajenos, los textos emergentes son caracterizados como “muy largos”, escritos en un lenguaje que no resulta familiar, con instancias de difusión de investigaciones y talleres que se realizan en horarios incompatibles con los tiempos de la organización, con sus formas de comunicar o con los aprendizajes que les resultan importantes para transmitir, de tal forma que luego no es posible replicarlos. En la construcción del encuentro que dio lugar a la producción del libro, una exigencia se alzaba como axioma estructurante: todas las personas involucradas debíamos implicarnos en el proceso; éste debía constituirse como un diálogo en el que las decisiones, los discursos y las prácticas de investigación fuesen forjadas colectivamente. En los primeros pasos de dicha búsqueda, la Coordinadora comienza a definir las preguntas que orientarían su involucramiento en el proyecto: “quiénes somos, qué queremos, qué buscamos construir” como organización.

Para que sus preguntas se conjugasen con las nuestras, nos involucramos en un proceso de formación transdisciplinar en el que los aportes de las epistemologías decoloniales y poscoloniales, las epistemologías feministas, la producción de saberes desde los campos de la antropología y las metodologías colaborativas tuvieron un rol central, invitándonos a visibilizar y analizar las tensiones propias de la praxis tradicional de las ciencias sociales que atravesaron nuestro proceso de formación como sociólogas. Se volvió ineludible buscar nuevos sentidos posibles para un saber que no procura la neutralidad ni la objetividad tradicional como fines estructurantes, y resignificar nuestro rol como investigadoras inscritas en una trama de producción de saberes en común. Así, en torno al concepto de “prácticas de conocimiento” (Casas, Osterweil y Powell, 2011) como estrategia epistémica para resquebrajar la tensión entre los saberes académicos y la producción de conocimiento, y el “decir sobre sí” de los movimientos sociales, fuimos identificando nuestras propias preguntas centrales: siguiendo a Arribas Lozano (2015), interrogar en torno al ¿para qué? y ¿para quién? de los procesos de investigación en los que nos implicamos.

La iniciativa de la Coordinadora, cuyas integrantes manifestaron su deseo de producir conocimiento desde sus saberes y sus palabras, con el afán de construir un encuentro no extractivo, donde todas las personas involucradas fuesen visibilizadas como productoras de saberes, fue desde el comienzo el eje que hilvanó el proyecto. En el tránsito de construir un relato propio se pretendió generar así un tiempo de autorreflexión, indagando en su potencia colectiva, en sus diferencias internas y en sus desafíos futuros. En este sentido, el proyecto no pretendió delinear la posición de la organización como “subalternos”, incapaces de articular su propio discurso, sino abrirse a la escucha y dejarse interpelar por las instancias de producción social, económica y política, orientadas desde sus saberes y prácticas.

Se volvió necesario, por lo tanto, desmonopolizar el saber y el control sobre el proceso de producción de conocimientos (definición del problema, desarrollo de la investigación, utilización de sus resultados), para enraizarlo en una práctica que tratara de pensar junto y con los sujetos de la investigación, y no sobre ellos, generando un diálogo de reflexividades. Así el trabajo de campo pasa de ser “(...) un espacio-tiempo de producción de datos, anterior y separado del momento del análisis, a ser un espacio-tiempo en el que se despliegan dinámicas de co-análisis, co-conceptualización y co-teorización que pueden extenderse hasta incluir la escritura de los resultados de investigación” (Arribas Lozano, 2015: 61).

Dicho diálogo de reflexividades, lejos de ser aproblemático, implicó explicitar, poner en diálogo e interpelar las tensiones que emergían del encuentro entre las diversas narrativas y praxis que allí se conjugaron. Y, de hecho, esa explicitación resultó central: en torno a ella pudo emerger la noción de justicia epistémica (Mandrujano, 2017) como sustrato éticopolítico del proyecto del libro, en tanto práctica de conocimiento (Casas, Osterweil y Powell, 2011). Resulta relevante evocar una de las primeras instancias en las que aquel deseo de un proyecto fundado en la justicia epistémica se hizo visible. Tras un lapso de intercambio sobre la idea de co-construir un librillo institucional, una integrante cuestiona: “¿Por qué lo llamaríamos ‘librillo’? Nosotros queremos escribir un libro, no un ‘librillo’”.

La discusión sobre el diminutivo “librillo” se replicó posteriormente en una reunión del Ejecutivo de la Coordinadora durante la que se intercambió sobre la forma en la que se estructuraría el libro, los posibles capítulos y las estrategias para recoger información y producir los textos. En aquella instancia, leyendo un pequeño documento que bocetaba, a modo de borrador, un posible índice con las principales dimensiones a sistematizar, apareció la expresión “librillo” y la lectura se interrumpió. El término resultaba ofensivo, indicaron, ya que hacía perder legitimidad a la propuesta: “Si en la Universidad escriben libros, ¿por qué el nuestro tiene que ser un ‘librillo?’”.

Detrás de la significación de la palabra “librillo” descansaba, en definitiva, el reconocimiento de la organización a la monocultura del saber y del rigor (De Sousa Santos, 2006) que representa a los saberes populares y las prácticas sociales externas a los discursos académico-científicos como carentes de validez y rigor. Así, la instancia de producción del libro se convertía, siguiendo a Mandrujano (2017) y De Sousa Santos (2006), en una invitación a practicar una sociología de las ausencias en tanto procedimiento transgresivo que “(...) exige un tipo de imaginación sociológica propia, una imaginación epistemológica que pueda diversificar los saberes y evaluar las prácticas, así como una imaginación democrática que le permita reconocer estas prácticas y sus actores sociales” (Mandrujano, 2017: 157). Enfrentando aquella distancia epistemológica (Panikkar, 2007), se optó por un diseño metodológico que contemplase una apuesta por la ecología de saberes (De Sousa Santos, 2014), es decir, la participación de sujetos de conocimientos diversos en un diálogo recíproco que resquebraja la primacía de un saber hegemónico académico como el saber “único” o “verdadero”. Para Latif Olmos y Niño Arteaga, (2020 :173) tal apuesta implica “proponer un tejido de saberes que pueda articular tanto la profunda relación entre el ser y el saber de las cosmovisiones como la apertura e inventiva propia de las ciencias” para transformarse en su reciprocidad.

 

Afectividad y producción de conocimiento

 

La construcción de nuevas relaciones sociales de investigación (Leyva y Speed, 2008), que traía consigo la propuesta de diseño metodológico del proyecto, implicó para nosotras y también para las integrantes de la organización, la visibilización de una dimensión fundamental e ineludible para hacerlo posible: la implicación afectiva inherente a la construcción colaborativa de conocimiento, fundamental también para la construcción del encuentro.

Así como cualquier proceso de investigación resulta en sí mismo una forma de intervención en un campo social, también lo es para quien investiga: producir una práctica de investigación como la propuesta es construir una voz propia y una forma de mirar, movilizar representaciones y sentidos instituidos, desplegar la emocionalidad y el afecto en el encuentro que en torno a ésta tiene lugar, y transformar la construcción de saberes que trae consigo. Más no fue sólo intelectiva la tensión a la que referimos: el proceso nos atravesó, nos implicó emocionalmente, nos movilizó y nos interpeló, y nuestros sentires no sólo fueron externalidades o emergentes sino herramientas claves que nos permitieron aproximarnos a la Coordinadora y construir nuevas derivas reflexivas a partir de ellos.

En efecto, producir el proceso de investigación que derivó en la construcción del libro implicó también la puesta en cuestión del modelo dual binario racionalidad-emocionalidad que estructura la textualidad académica y los marcos interpretativos y epistemológicos de las ciencias sociales. Tal como menciona Blázquez Graf (2012), prima en estos la pretensión de objetividad como meta fundamental de la investigación, sirviéndose del desapego emocional como garantía para la primacía de la racionalidad del investigador, desde el supuesto de que “(...) hay un mundo social que puede ser observado de manera externa a la conciencia de las personas” (Blázquez Graf, 2012: 26). La autora, desde la perspectiva teórica de la epistemología feminista, pone de manifiesto cómo dichas nociones implican un androcentrismo epistémico en el que predomina un “estilo cognitivo masculino” caracterizado como “(...) abstracto, teórico, distante emocionalmente, analítico, deductivo, cuantitativo, atomista y orientado hacia valores de control y dominación” (Blázquez Graf, 2012: 31).

Atendiendo a la advertencia de Suárez Tomé (2016) sobre la necesidad de problematizar, desde la epistemología feminista, la dicotomía razón/emocionalidad en los procesos de investigación académico-científica sin dejar por ello de “(...) pugnar por la des-sexualización de los términos, en consonancia con una visión no esencialista y plurívoca de la sexualidad y la identidad de género” (Suárez Tomé, 2016: 84), resulta relevante considerar la ruptura de tal binomio como una potencia para la producción de conocimiento más rico y complejo, no solo del campo social en el que nos imbricamos como investigadoras sino también en la reflexión sobre los presupuestos epistémicos, éticos y políticos de los procesos referidos.

 

El desafío de la epistemología contemporánea, y en nuestro especial caso de la epistemología feminista, parte de una visión menos ingenua de los valores trascendentes del modelo clásico de la ciencia, de la visualización y aceptación de la “interferencia” de los componentes subjetivos y del reconocimiento de la existencia de las relaciones de poder que existen en los procesos de justificación y legitimación de las teorías científicas. Como consecuencia, nos encontramos con una actividad epistemológica más autoconsciente de su riqueza y sus limitaciones (Suárez Tomé, 2016: 86).

 

En efecto, la importancia de trabajar el plano afectivo para poder construir el proceso con la Coordinadora fue central, en tanto habilitó el encuentro que dio lugar a las relaciones de confianza y cercanía sin las cuales la coescritura, la reflexión y problematización sobre las tensiones éticas y epistémicas, y la toma de decisiones metodológicas y analíticas no hubiese sido posible. Asumir al proceso de conocimiento como afectivamente modulado (Longino, 1996) implicó reconocer nuestros diversos lugares de enunciación como afectivamente situados, y concebir el proceso de investigación colaborativa desde la necesidad y el deseo de gestar un vínculo en el que nuestras narrativas pudiesen encontrarse.

Además, como se analizó anteriormente, la afectividad resulta una dimensión fundamental de la práctica política que se despliega en la organización, de tal forma que las necesidades y deseos de sus integrantes aparecen como ámbito central de la vida colectiva que expresa la interdependencia característica de la vida humana. Precisamente, la potencia de la presente investigación para echar luz sobre las tramas afectivas en la Coordinadora y su relevancia para la sostenibilidad de la vida ―que desde la importancia otorgada a la dimensión afectiva en la cotidianeidad de la Economía Solidaria tensiona los límites entre lo productivo y lo reproductivo―, no hubiese sido posible sin asumir como central la dimensión afectiva de nuestras prácticas de investigación, sin problematizar las implicancias afectivas de las integrantes en el proceso ni orientarnos a construir conocimiento afectivamente centrado.

Finalmente, resulta fundamental visibilizar la importancia que tuvo el soporte afectivo y epistémico proporcionado tanto por nuestro vínculo forjado como estudiantes-pasantes-compañeras en el proyecto de pasantía, como por el vínculo generado con los y las integrantes de la Coordinadora. Este soporte hizo posible el despliegue de los procesos reflexivos que aquí se plasman. En efecto, es menester identificar cómo la construcción del vínculo con la Coordinadora y el soporte afectivo que éste implicó fueron indispensables para la sostenibilidad de nuestra vida durante el proceso de producción de conocimiento, invitando a reconocer en nuestras investigaciones “a las materialidades, relaciones y afectos que hacen sostenibles nuestros proyectos de trabajo” (Osorio Cabrera, 2017: 134).

 

Síntesis y reflexiones finales

 

Hemos partido de la descripción de un contexto nacional con características propias, que se fueron constituyendo a lo largo de la historia, y explican las singularidades del campo de la economía social y solidaria contemporáneo en Uruguay. Desde este panorama presentamos cómo emergen las experiencias que dan lugar a la CNES. El proceso de dicha coordinadora, reconstruido a partir de sus colectivos, organizaciones y las personas que la conforman, dio cuenta de múltiples sentidos, memorias y experiencias que a pesar de experimentar conflictos, disensos, contradicciones y diferencias, van entramando una trayectoria en común.

La coescritura del libro permitió reconstruir parte de la trama de sentidos compartidos, convirtiéndose en un mapa desde el cual la organización reflexionó sobre sus memorias y sus prácticas; pero a la vez nos permitió emprender un proceso de formación y autorreflexividad académica, movilizando nuestras propias bases éticas, epistemológicas, teóricas y metodológicas. La interpelación nos permitió desplazarnos teóricamente, llevándonos así a nuevas preguntas sobre los desafíos a la hora de crear conocimiento académico, sobre y junto a las tramas de economía solidaria. Ese fue el objetivo central que nos propusimos desarrollar a lo largo del presente artículo.

El cuidado recíproco entre participantes de la Coordinadora (con predominancia de mujeres adultas) encuentra un espacio central en la organización, desarrollando rituales y tareas tanto de autocuidado como de cuidado de terceros. La colectivización del cuidado se conceptualiza desde sus integrantes como recurso primordial, tanto en su dimensión material como afectiva. Las prácticas encuentran una politicidad doméstica que desestructura el binomio de la esfera productiva y la reproductiva.

El cuidado, la amorosidad y la apertura de la organización para trabajar en conjunto nos permitió reflexionar sobre la violencia epistémica que muchas veces reproducimos como universitarias, al relacionarnos con el medio. Esto se debe a que como investigadoras nos han/hemos formado en métodos científicos que habilitarían distancias con capacidad para comprender ―desde la neutralidad― distintas identidades y subjetividades. Esta falsa transparencia convierte a los sujetos en objetos de representación, mostrándolos como identidades fijas y accesibles, negando su posición siempre heterogénea, reflexiva y cambiante.

La tensión entre reconocer a los sujetos como sujetos de conocimiento, y colaborar en procesos críticos y objetivantes que no reproduzcan pensamientos naturalizados, habilitó un diálogo de saberes particular. La horizontalidad entre posiciones habilita el diálogo entre conocimientos organizacionales y académicos, pero no por ello estos se fusionan. Habitar la incomodidad señalando las distancias y diferencias puede revitalizar los procesos de autobjetivación, siempre y cuando puedan establecerse relaciones afectivas que permitan canales de comunicación a través de los cuales el pensamiento crítico pueda ser escuchado y retomado por ambas partes en términos constructivos.

En este sentido, la implicación afectiva con la cual se atravesó el proceso colaborativo de conocimiento se constituyó como un elemento central. Pensar al otro “en relación” despliega un juego de afecciones múltiples que también nos involucran como investigadoras. La relacionalidad comúnmente se niega desde el ámbito académico, como algo intrínseco y constituyente en la producción de conocimiento; al contrario, se suele ocultar bajo el viso de neutralidad. Creemos que la vigilancia epistémica es importante para poder guardar distancias entre saberes que se ponen en diálogo, pero que la relacionalidad, lejos de ser un componente despreciable, “contaminante”, representa un componente potente. Como plantea Teles (2010) no reconocer la relacionalidad, equivale a no percatarse de las fuerzas de creación-producción que poseemos, es decir, es de alguna manera quedarse con el plano descriptivo de lo que es, sin ponerlo en diálogo con el espacio y tiempo que lo hace ser dinámico, inabarcable, incompleto, en continua construcción de su ser y su propio devenir.

 

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Enviado: 28/07/2021

Aceptado: 12/04/2022



 

Cómo citar este artículo:

 

Rieiro, A.; Latorre, S. y Rieiro, A. (2022). Economía Solidaria y producción de conocimiento desde las tramas afectivas de la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria (CNES) en Uruguay. Otra Economía, 15(27), 49-64

 

 

 



[*]  Prof. Adjunta, Departamento de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar, Montevideo, Uruguay.

** Socióloga, Licenciada por la Facultad de Ciencias Sociales, Montevideo, Uruguay.

*** Socióloga, Licenciada por la Facultad de Ciencias Sociales, Montevideo, Uruguay.

 

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[2] El Centro de Formación y Documentación en Procesos Autogestionarios es un espacio cogestionado entre múltiples docentes universitarios, que confluye en la Red temática de Economía Social y Solidaria junto a emprendimientos autogestionados por sus trabajadores/as nucleados/as en las siguientes organizaciones: Asociación Nacional de Empresas Recuperadas (ANERT), Plenario de Emprendimientos Autogestionados del Plenario Intersindical de Trabajadores - Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT), Federación Uruguaya de Cooperativismo de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM), la Federación de Cooperativas de Producción del Uruguay (FCPU) y la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria (CNES).

[3] Para definir estas economías comunitarias, se retoma el concepto de tramas comunitarias definidas por Raquel Gutiérrez (2018: 110), como entramados que “funcionan por debajo y parcialmente por fuera del Estado y de la acumulación capital, se han conservado y recreado variopintas y coloridas tramas asociativas para la conservación y reproducción de la vida. Tales tramas, son el producto de diversas conversaciones y coordinaciones entrelazadas de manera autónoma, estableciendo sus propios fines, alcances y actividades”.

[4] La producción de los emprendimientos son en su mayoría de industria artesanal (elaboración de alimentos, producción de prendas de vestir y fabricación de joyas, bijouterie) con fuerte presencia del comercio al por menor, ver: Torrelli y De Giacomi, 2018.